en los espacios donde la izquierda debería ser hegemónica. Y para ello ha empezado a construir
una estética y un discurso aparentemente “social”, promoviendo perfiles que intentan conectar con
ese electorado, pero siempre desde una lógica excluyente. La trampa es evidente: no se cuestiona
la escasez artificial generada por el capitalismo, sino que se asume como un hecho natural y se
plantea una competencia entre pobres.
L
a ecuación es perversa pero sencilla
: “
no hay para todos
”. Y
si no hay para todos
,
alguien tiene que
quedarse fuera
. V
ox propone que ese alguien sean los
m
igrantes
. L
o que no dice es quién ha creado esa
escasez
,
quién se beneficia de ella y quién to
m
a las decisiones que la perpetúan
. P
orque señalar a los
fondos de inversión, a los grandes propietarios, a las élites económicas que convierten la vivienda
en un activo financiero o los servicios públicos en nichos de negocio implicaría cuestionar el
propio sistema que Vox defiende. Es más fácil, y más rentable, señalar al vecino de abajo.
Este desplazamiento del conflicto no es exclusivo de España. Forma parte de una estrategia global
que ha sido ensayada con éxito en otros contextos. El caso de Viktor Orbán en Hungría es
paradigmático. Durante más de una década, Orbán construyó un régimen basado en la
combinación de autoritarismo institucional, nacionalismo excluyente y una intensa batalla cultural
contra lo que él mismo denominó la “ideología liberal”. Su reciente salida del poder tras 16 años
no implica el fin de ese modelo, sino, en todo caso, su transformación. Las estructuras, las redes,
los marcos discursivos siguen ahí, operando tanto dentro como fuera de Hungría.
Vox ha sido uno de los principales aliados de Orbán en Europa, participando en foros, encuentros
y espacios de coordinación donde se comparten estrategias y se construyen narrativas comunes.
La llamada “internacional reaccionaria” no es una entelequia, sino una red concreta de
organizaciones, partidos y think tanks que trabajan de manera coordinada para influir en la agenda
política global. En ese ecosistema también encontramos a figuras como Donald Trump, cuya
influencia sigue siendo determinante a pesar de sus vaivenes políticos y judiciales.
S
in e
m
bargo
,
co
m
o apunta el politólogo
C
as
M
udde
,
las derrotas o crisis de estos líderes no necesaria-
m
ente debilitan a la extre
m
a derecha en otros países
. P
orque lo que está en juego no son solo no
m
bres
propios, sino marcos de interpretación de la realidad que han logrado calar profundamente en
amplios sectores de la población. Y esos marcos, una vez instalados, son difíciles de desmontar.
En el caso español, uno de los elementos clave para entender la consolidación de Vox es la actitud
del Partido Popular. Lejos de establecer un cordón sanitario o de confrontar de manera clara sus
postulados, el PP ha optado por asumir buena parte de su agenda, normalizando discursos que
hace no tanto tiempo eran considerados inaceptables. La llamada “prioridad nacional”, por
ejemplo, ha pasado de ser una consigna marginal a convertirse en un elemento más del debate
político, sin que ello genere un rechazo significativo en el espacio conservador.
Esta dinámica tiene consecuencias profundas. Cuando las ideas de la extrema derecha son
adoptadas por partidos tradicionales, dejan de percibirse como extremas. Se produce una especie
de desplazamiento del eje político hacia posiciones cada vez más autoritarias y excluyentes, en el
que lo que antes era impensable se convierte en razonable, y lo que era razonable pasa a
considerarse radical. Es el triunfo de la batalla cultural, no tanto en términos de hegemonía total,
sino de capacidad para marcar los límites de lo decible.
En paralelo, Vox ha mantenido —aunque de manera cada vez más ambigua— su vinculación con
organizaciones ultraconservadoras como Hazte Oír, que han sido fundamentales en la difusión de
discursos contra los derechos de las mujeres y del colectivo LGTBIQ+. Sin embargo, las tensiones
entre ambos espacios han ido en aumento. La razón es, de nuevo, estratégica: mientras estas
organizaciones insisten en mantener esos temas en el centro del debate, Vox parece haber
decidido relegarlos para no alienar a sectores jóvenes que, incluso siendo conservadores, no
comparten necesariamente esas posiciones.
Este desencuentro se ha hecho visible en episodios recientes, como las campañas públicas de
presión contra el propio Abascal, o las disputas en torno a plataformas y marcas juveniles que
orbitan alrededor del partido. Más allá del anecdotario, lo que revelan estos conflictos es una