No necesito pronunciarme sobre si es necesario o justo defender la vida, que quizá
puede comenzar o no, de un concebido no nacido, según la expresión de la ley que
acaba de aprobarse en Madrid a propuesta del Partido Popular. Toda vida humana
merece ser cuidada y lo puedo dar por bueno.
Lo que me resulta inaceptable es el cinismo.
Porque es cinismo que quienes hoy levantan la bandera de la defensa de los
embriones son los mismos que dejaron morir a 7.291 personas mayores en las
residencias de Madrid por no ofrecerles la atención hospitalaria que necesitaban.
Son los mismos que asfixian la sanidad pública mientras convierten la salud en un
negocio. Los mismos que permiten que miles de niños y niñas intenten aprender en
aulas cercanas a los cuarenta grados mientras encuentran dinero para mejorar los
colegios a donde van los ricos.
S
on los
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os que lla
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cáncer
a las bajas laborales y parecen preferir trabajadores
enfermos antes que seres humanos protegidos. Los mismos que llevan años
cuestionando las pensiones públicas, la protección social, la solidaridad organizada
y cualquier política destinada a garantizar una vida digna a quien menos tienen.
Los mismos que presentan el "buenismo" como un defecto y la compasión y la
piedad como una ingenuidad.
Los mismos que hablan de libertad mientras niegan a millones de personas los
recursos imprescindibles para que puedan disponer de capacidades efectivas que le
permitan ejercerla realmente. Porque no hay libertad, sino vida mala, donde hay
hambre, miedo, enfermedad, desempleo o exclusión.
Son los mismos que criminalizan a quienes emigran huyendo de la guerra, del
hambre o de la miseria, aunque buena parte de nuestra economía dependa
precisamente de su trabajo, y aunque huyan justamente de la ruina y los destrozos
que vienen provocando desde hace décadas nuestra avaricia y nuestro robo
organizado de sus riquezas. Los mismos que persiguen, insultan, amedrentan y
encarcelan a quienes no consideran personas con derechos porque carecen de
papeles. Los mismos a los que, en lugar de encogérsele el corazón cuando los ven
llegar huyendo del dolor y la miseria, hambrientos y jugándose la vida, reclaman
que se les condene y rechace.
Los mismos que reclaman cada vez más dinero para armas y cada vez menos para
cooperación, desarrollo, educación, dependencia o lucha contra la pobreza.
Los mismos que aplauden políticas como las impulsadas por Donald Trump contra
inmigrantes y refugiados, la reducción de programas sociales, los recortes fiscales
que benefician sobre todo a los s ricos o el debilitamiento de los sistemas
públicos de protección. Los mismos que miran con simpatía a gobiernos que
persiguen a quienes piensan distinto, restringen derechos civiles o convierten la
desigualdad en un mérito.
Los mismos que hablan continuamente de valores cristianos mientras olvidan las
palabras más sencillas del Evangelio: dar de comer al hambriento, acoger al
extranjero, cuidar al enfermo, visitar al preso.
Los mismos que nunca hablan de los millones de seres humanos que mueren de
hambre, de quienes viven solos, de quienes no pueden pagar un alquiler, de quienes
esperan meses una operación, de quienes trabajan y siguen siendo pobres. Los
mismos que proponen y promulgan las leyes que provocan que todo eso ocurra.
Los mismos que dicen proteger la vida y niegan el daño a la naturaleza, que
reclaman la eliminación de los controles que impiden destrozar el medio ambiente
y que usan los recursos naturales que sostienen la vida en el planeta como si fueran
un patrimonio propio que pueden dilapidar a su antojo con tal de ganar dinero.
E
sos
m
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os son ahora quienes quieren presentarse co
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o los grandes defensores de la vida.
No es cierto. Defender la vida no consiste únicamente en proteger el comienzo de
su existencia. Es protegerla en toda su extensión temporal y la de todos los seres
humanos por igual, desde el primer latido hasta el último aliento de cualquier
persona, sea potentada o una inmigrante sin papel alguno.
Defender la vida no es defender la del embrión y permitir que mueran sin recursos
niños y ancianos. Es defender también a cualquier mujer embarazada sin recursos y
al niño que pasa calor en un colegio sin climatización. Defender la vida no es
defender al que quizá nacerá y dejar sin atención al enfermo que espera una cama,
o morir de hambre a millones de personas o incluso impedir que los pobres
duerman en la calle o se les lleve comida y ayuda, como ha prohibido el mismo
Partido Popular en Madrid. Defender la vida no es defender al feto y no al
inmigrante, proteger al que tiene éxito y dejar en la estacada a quien no tiene nada.
La derecha dice defender la vida porque defiende al concebido no nacido, pero
cuando hace al mismo tiempo esas políticas no la defiende. Lo que muestra en
realidad es que para ella la vida pierde su valor cuando se nace. Porque a partir de
entonces les vale mucho más las de unos seres que las de otros, e incluso las de
algunos no les vale absolutamente nada. ¿Para qué sirve invocar la defensa de la
vida únicamente cuando esa vida aún no reclama derechos si, cuando la persona ya
ha nacido, enferma, envejece, pierde el empleo, cruza una frontera huyendo del
hambre o necesita ayuda, se la abandona?
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s puro cinis
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o
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o dijo Javier
M
arías, es la brutalidad en estado puro.
La operación es tan vieja como eficaz. Consiste en transformar problemas estructurales la
precariedad laboral, la crisis de la vivienda, el deterioro de los servicios públicos en conflictos
culturales y, más concretamente, en conflictos identitarios. Donde hay especulación inmobiliaria,
se señala a los migrantes. Donde hay recortes en sanidad o educación, se introduce la idea de la
saturación provocada por quienes vienen de fuera. Donde hay violencia machista, se racializa al
agresor para desplazar el foco de las estructuras patriarcales. Así, el sistema queda a salvo, intacto,
mientras la ira social se canaliza hacia los eslabones más débiles.
Han pasado ocho años desde que Vox irrumpió en las instituciones del Estado español, con aquel
punto de inflexión en las elecciones andaluzas de 2018 que abrió una grieta por la que se coló, con
rapidez y sin demasiados obstáculos, un proyecto político que llevaba años gestándose en los
márgenes del sistema. Ocho años después, con Santiago Abascal al frente, la formación ultra se
m
ueve en torno a ese
20%
del electorado en
A
ndalucía
,
intentando consolidar una posición que ya no
es marginal ni coyuntural, sino estructural dentro del tablero político. Y lo hace, no a pesar de sus
contradicciones, sino precisamente gracias a su capacidad para convertirlas en una herramienta
funcional. Porque si algo ha demostrado la extrema derecha contemporánea es que la coherencia
ideológica no es una condición para el éxito, sino, en muchos casos, un obstáculo prescindible.
Durante estos años, Vox ha ido modulando su discurso, tanteando el terreno, probando diferentes
combinaciones de agravios y enemigos hasta dar con una tecla que, por el momento, parece
ofrecerle mayor rentabilidad política: la inmigración como eje articulador de todos los conflictos
sociales
. N
o es que antes no estuviera presente; siempre fue uno de sus pilares. Pero hoy ha pasado
a ocupar el centro absoluto del relato, desplazando a un segundo plano otros temas que durante
años funcionaron como señas de identidad del partido, como el aborto, la violencia machista o los
derechos LGTBIQ+. Este viraje no es casual ni improvisado. Como señalaba el periodista Miguel
González en un análisis reciente publicado en El País, se trata de una reconfiguración estratégica
que busca simplificar el conflicto social en una narrativa única, fácilmente digerible y
emocionalmente potente: la idea de que hay un “otro” que amenaza el bienestar colectivo.
Aquí es donde se despliega con toda su crudeza lo que podemos llamar, sin eufemismos,
chovinismo del bienestar: la gran mentira sobre la que se sostiene buena parte del crecimiento de
la extrema derecha. La operación es tan vieja como eficaz. Consiste en transformar problemas
estructurales la precariedad laboral, la crisis de la vivienda, el deterioro de los servicios
públicos en conflictos culturales y, más concretamente, en conflictos identitarios. Donde hay
especulación inmobiliaria, se señala a los migrantes. Donde hay recortes en sanidad o educación,
se introduce la idea de la saturación provocada por quienes vienen de fuera. Donde hay violencia
machista, se racializa al agresor para desplazar el foco de las estructuras patriarcales. Así, el
sistema queda a salvo, intacto, mientras la ira social se canaliza hacia los eslabones más débiles.
Este mecanismo no busca solo ganar votos entre sectores tradicionalmente conservadores, sino
penetrar en capas populares que sufren directamente las consecuencias del modelo económico.
Vox lo ha entendido bien: para crecer, necesita disputar el sentido común en los barrios obreros,
en los espacios donde la izquierda debería ser hegemónica. Y para ello ha empezado a construir
una estética y un discurso aparentemente “social”, promoviendo perfiles que intentan conectar con
ese electorado, pero siempre desde una lógica excluyente. La trampa es evidente: no se cuestiona
la escasez artificial generada por el capitalismo, sino que se asume como un hecho natural y se
plantea una competencia entre pobres.
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orque señalar a los
fondos de inversión, a los grandes propietarios, a las élites económicas que convierten la vivienda
en un activo financiero o los servicios públicos en nichos de negocio implicaría cuestionar el
propio sistema que Vox defiende. Es más fácil, y más rentable, señalar al vecino de abajo.
Este desplazamiento del conflicto no es exclusivo de España. Forma parte de una estrategia global
que ha sido ensayada con éxito en otros contextos. El caso de Viktor Orbán en Hungría es
paradigmático. Durante más de una década, Orbán construyó un régimen basado en la
combinación de autoritarismo institucional, nacionalismo excluyente y una intensa batalla cultural
contra lo que él mismo denominó la “ideología liberal”. Su reciente salida del poder tras 16 años
no implica el fin de ese modelo, sino, en todo caso, su transformación. Las estructuras, las redes,
los marcos discursivos siguen ahí, operando tanto dentro como fuera de Hungría.
Vox ha sido uno de los principales aliados de Orbán en Europa, participando en foros, encuentros
y espacios de coordinación donde se comparten estrategias y se construyen narrativas comunes.
La llamada “internacional reaccionaria” no es una entelequia, sino una red concreta de
organizaciones, partidos y think tanks que trabajan de manera coordinada para influir en la agenda
política global. En ese ecosistema también encontramos a figuras como Donald Trump, cuya
influencia sigue siendo determinante a pesar de sus vaivenes políticos y judiciales.
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propios, sino marcos de interpretación de la realidad que han logrado calar profundamente en
amplios sectores de la población. Y esos marcos, una vez instalados, son difíciles de desmontar.
En el caso español, uno de los elementos clave para entender la consolidación de Vox es la actitud
del Partido Popular. Lejos de establecer un cordón sanitario o de confrontar de manera clara sus
postulados, el PP ha optado por asumir buena parte de su agenda, normalizando discursos que
hace no tanto tiempo eran considerados inaceptables. La llamada “prioridad nacional”, por
ejemplo, ha pasado de ser una consigna marginal a convertirse en un elemento más del debate
político, sin que ello genere un rechazo significativo en el espacio conservador.
Esta dinámica tiene consecuencias profundas. Cuando las ideas de la extrema derecha son
adoptadas por partidos tradicionales, dejan de percibirse como extremas. Se produce una especie
de desplazamiento del eje político hacia posiciones cada vez más autoritarias y excluyentes, en el
que lo que antes era impensable se convierte en razonable, y lo que era razonable pasa a
considerarse radical. Es el triunfo de la batalla cultural, no tanto en términos de hegemonía total,
sino de capacidad para marcar los límites de lo decible.
En paralelo, Vox ha mantenido aunque de manera cada vez más ambigua su vinculación con
organizaciones ultraconservadoras como Hazte Oír, que han sido fundamentales en la difusión de
discursos contra los derechos de las mujeres y del colectivo LGTBIQ+. Sin embargo, las tensiones
entre ambos espacios han ido en aumento. La razón es, de nuevo, estratégica: mientras estas
organizaciones insisten en mantener esos temas en el centro del debate, Vox parece haber
decidido relegarlos para no alienar a sectores jóvenes que, incluso siendo conservadores, no
comparten necesariamente esas posiciones.
Este desencuentro se ha hecho visible en episodios recientes, como las campañas públicas de
presión contra el propio Abascal, o las disputas en torno a plataformas y marcas juveniles que
orbitan alrededor del partido. Más allá del anecdotario, lo que revelan estos conflictos es una
lucha por el control del espacio ultra, por la definición de sus prioridades y, no menos importante,
por el acceso a los recursos económicos que circulan en ese entorno.
Pero sería un error sobredimensionar estas fracturas. La experiencia demuestra que las disputas
internas, las contradicciones discursivas o incluso los escándalos tienen un impacto limitado en el
electorado de la extrema derecha. Porque lo que moviliza a sus votantes no es la coherencia
programática, sino la identificación emocional con un proyecto que promete orden, identidad y
seguridad frente a un mundo percibido como caótico y amenazante. En ese sentido, Vox no
necesita ser consistente; necesita ser eficaz en la producción de miedo.
Y ahí es donde la inmigración se convierte en la herramienta perfecta. Porque permite conectar
con preocupaciones cotidianas el empleo, la vivienda, la seguridad y ofrecer una explicación
simple y directa. No importa que sea falsa o incompleta; lo importante es que sea creíble dentro
del marco emocional en el que se inscribe. La política, en este terreno, deja de ser un espacio de
deliberación racional para convertirse en una batalla por las percepciones.
Frente a esto, la izquierda transformadora tiene un desafío enorme. No basta con desmontar los
bulos o con aportar datos que contradigan el relato ultra. Es necesario disputar el marco, ofrecer
una narrativa alternativa que no solo explique la realidad, sino que también conecte
emocionalmente con quienes la viven. Porque si algo ha demostrado la extrema derecha es que la
política no se gana solo con argumentos, sino también con relatos.
Eso implica, en primer lugar, señalar con claridad a los verdaderos responsables de la precariedad
y la desigualdad. Nombrar al capital financiero, a las grandes corporaciones, a las políticas
neoliberales que han desmantelado lo público y han convertido derechos en mercancías. Pero
también involucra construir una idea de comunidad que no se base en la exclusión, sino en la
solidaridad. Una comunidad que no enfrente a los de abajo entre sí, sino que los articule en un
proyecto común de transformación.
No es una tarea sencilla. Requiere tiempo, organización y una capacidad de intervención que vaya
más allá de lo institucional. Requiere presencia en los territorios, en los barrios, en los espacios
donde se construye el sentido común. Y requiere, sobre todo, valentía para confrontar no solo a la
extrema derecha, sino también a quienes, desde posiciones supuestamente moderadas, contribuyen
a legitimar sus discursos.
Porque esa es, en última instancia, la clave del momento político actual: la extrema derecha no
avanza sola. Avanza porque encuentra un terreno fértil, porque sus ideas son amplificadas,
normalizadas y, en muchos casos, asumidas por actores que deberían estar combatiéndolas.
Prospera porque el miedo es un recurso poderoso en tiempos de incertidumbre, y porque ofrece
respuestas simples a problemas complejos.
Vox lo sabe. Y por eso no necesita gobernar para influir. Su verdadero objetivo no es solo ocupar
instituciones, sino moldear el sentido común, definir los marcos desde los que se interpreta la
realidad. En ese terreno, cada concesión, cada silencio, cada ambigüedad juega a su favor.
N
o busquen coherencia en su discurso, porque no la necesitan. No esperen que sus contradicciones
les pasen factura, porque su electorado no vota programas, sino emociones. No confíen en que las
disputas internas los debiliten de manera decisiva, porque su proyecto va más allá de sus siglas.
La extrema derecha ha entendido algo fundamental: la política del siglo XXI se juega en el terreno
de las percepciones, de los afectos, del sentido común. Y mientras siga marcando la agenda,
mientras sus marcos sigan estructurando el debate, seguirá avanzando, con mayor o menor
intensidad, pero siempre hacia adelante.
La pregunta no es qué hará Vox en los próximos años. La pregunta es qué estamos dispuestos a
hacer para impedir que su mundo se convierta en el nuestro. Porque si algo está en juego no es
solo un resultado electoral, sino el tipo de sociedad en la que queremos vivir.
Y en esa batalla, no hay neutralidad posible. O se confronta el odio con organización y conciencia,
o el odio seguirá creciendo, alimentado por un sistema que lo necesita para sobrevivir.
Desde el fin de la Guerra Fría, el mundo se acostumbró a una estructura unipolar donde
Estados Unidos ejercía como la potencia indiscutible a nivel global. Sin embargo, en las
últimas décadas, esa supremacía se ha venido agrietando de manera paulatina. Los
síntomas de este desgaste son visibles en múltiples frentes:
E
conó
m
ico
:
El ascenso incontestable de China y la consolidación del bloque de los
BRICS, que desafían el monopolio del dólar y de las instituciones financieras
occidentales.
Geopolítico:
La pérdida de control y de capacidad de disuasión en escenarios clave
como Oriente Medio, Asia Central y Europa del Este, donde otras potencias
regionales desafían abiertamente las directrices de Washington.
Social e interno:
Una polarización extrema dentro del propio país, crisis de
confianza institucional y fracturas sociales que erosionan su imagen de estabilidad.
En este contexto, el evidente retroceso del sistema democrático en el mundo una
realidad constatada por diversos índices internacionales no es un fenómeno aislado.
Es, de hecho, un síntoma directo y una consecuencia del debilitamiento del poder
imperial que antes lo sostenía o instrumentalizaba.
Para entender por qué el declive de Washington arrastra consigo a la democracia global,
es necesario desmontar un mito: la idea de que la política exterior estadounidense ha
sido siempre un proyecto altruista de difusión de la libertad.
La historia de los últimos 250 años muestra una oscilación constante entre ideales
progresistas y prácticas depredadoras, dictadas siempre por la conveniencia económica y
el dominio geopolítico.
Los ideales fundacionales de los Estados Unidos poseían un profundo carácter rupturista
y progresista al confrontar al poder colonial británico, sirviendo incluso de inspiración
para la Revolución Francesa. Sin embargo, esa misma nación naciente aplicó sobre la
población autóctona e indígena de su territorio la misma lógica depredadora y de
exterminio que había iniciado el colonialismo inglés.
Esta dualidad se repitió a lo largo del siglo pasado según las contingencias del poder:
El rol progresista:
EE. UU. apoyó en su día la independencia de los países
iberoamericanos frente a las coronas europeas y fue una pieza indispensable en la
derrota de los fascismos en la Segunda Guerra Mundial.
E
l rol retgrado
:
Durante la Guerra Fría, la prioridad absoluta fue contener el
comunismo. Esto llevó a Washington a financiar y proteger activamente a
dictaduras militares en América Latina (mediante la doctrina de la Seguridad
Nacional) y a sostener relaciones pragmáticas con regímenes como el de Francisco
Franco en España.
La causa de estas contradicciones es clara: la potencia obraba según sus intereses de
seguridad y beneficio económico. Si para frenar a un rival progresista o de izquierdas
hacía falta apoyar a un dictador reaccionario, se hacía. La bandera de la democracia sólo
se ondeaba cuando coincidía con el interés geopolítico del momento.
Cuando el poder de una potencia imperial entra en una fase de declive, sus estrategias de
supervivencia cambian. Ya no se busca expandir un modelo, sino atrincherar los
recursos que quedan.
El lema America First (América primero), popularizado en los últimos años, no es en
realidad una ano
m
alía histórica, sino la explicitación de la línea política que ha guiado a la
nación desde su naci
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undo multipolar, la potencia adopta una postura más agresiva, defensiva y unilateral.
Al debilitarse el faro que siquiera por interés promocionaba el orden liberal, los
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os ganan terreno en todo el planeta
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EE. UU.
ya no puede o no quiere financiar
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presionar o sostener los
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arcos de
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octicos globales porque debe centrarse exclusiva
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ente
en su propio provecho inmediato, el tejido democrático mundial se desgarra. El retroceso
democrático actual es la constatación de que el viejo orden ya no se sostiene.
La gran enseñanza que podemos extraer de este proceso histórico es de carácter ético y
universal, aplicable tanto a la alta política como a los actos humanos en general: la
motivación detrás de las acciones determina su durabilidad.
Cuando la política de un gobierno o las acciones de una sociedad se basan
exclusivamente en el provecho propio, egoísta y cortoplacista, se siembra la raíz de
todos los males, de todos los conflictos y de las guerras.
Construir un orden internacional (o una convivencia social) sobre la base del beneficio
exclusivo del
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ás fuerte es
construir sobre arena
. T
arde o te
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prano
,
cuando las
condiciones
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ateriales cambian, esa estructura se desmorona de forma violenta, que es
precisa
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ente lo que presencia
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os hoy con la agresividad defensiva de una potencia en declive.
Los valores de la democracia auténtica y de los derechos humanos no deben ser
herramientas de propaganda geopolítica ni favores dependientes de la hegemonía de un
imperio. Deben ser la roca firme sobre la que se construya la convivencia humana. Para
afrontar el convulso período de transición actual, la lección es clara: la única respuesta
sostenible frente a la agresividad de los viejos poderes no es replicar su egoísmo, sino
articular un multilateralismo real basado en el respeto mutuo, la soberanía de los pueblos
y la dignidad humana. Sólo así la convivencia será firme, justa y duradera.